EL MOLINO SANGRIENTO

La muchacha vivía en un valle recóndito, donde el sol casi nunca quería brillar. Una anciana malévola la había recogido cuando era pequeña, pues no tenía padres ni hermanos. La vieja era dueña del molino del pueblo, una criatura vieja y cansada de paredes grises, carcomidas por la hiedra. Su madera, agrietada por el tiempo, estaba cubierta de manchas de musgo. Las muelas rechinaban sin cesar, entonando una canción lúgubre que se perdía en el viento. Crujía y se quejaba como si le doliera seguir en pie, y en cada suspiro mecánico, la joven sentía el eco de su propio hartazgo.

Dentro del arruinado molino, el trabajo nunca tenía fin: debía acarrear sacos de grano tan pesados que le doblaban la espalda, limpiar la harina que impregnaba los rincones, barrer, fregar, hornear panes y soportar a la vieja, que sentaba junto al fuego se regodeaba perezosamente. Sus malignos ojos de serpiente la acosaban hasta en sus sueños.

—¡Inútil! —le gritaba, golpeando el suelo con su bastón—. ¡Trabaja más, o el pan que te doy serán sólo migajas!

La muchacha aceptaba el insulto y bajaba la cabeza. Una chispa de rencor brillaba en el fondo de sus ojos verdes, silenciosa y aguda, igual que una astilla de vidrio. Odiaba la voz áspera de esa bruja, que rasgaba el aire como si fuera un puñal afilado. La anciana tenía la espalda tan encorvada como la rama de un roble seco y una boca desdentada cuya sonrisa jamás alcanzaba sus ojos. Su rostro parecía tallado en la corteza de un árbol muerto. Sus dedos, largos y nudosos, estaban coronados por uñas largas y amarillentas que terminaban en filosas puntas, semejantes a las garras de las bestias que acechaban en los bosques. 

Una tarde, al estar llevando grano al molino, la chica se tambaleó bajo el peso de un saco tan grande que apenas podía ver sobre él. Sus pies tropezaron con una tabla suelta del suelo y el saco se rasgó, derramando su tesoro de espigas doradas por todas partes. 

—¡Torpe, inútil! —vociferó la vieja. 

Corrió hacia ella con el bastón en alto y los ojos inyectados en ira. Pero en su prisa, no advirtió la soga que colgaba del mecanismo de la rueda, en la cual se enredaron sus pasos. Un grito de asombro escapó de sus labios al perder el equilibrio y caer de lleno en la máquina. El metal chirrió, la madera crujió, y en un instante, la rueda del molino se puso a girar estrepitosamente. El sonido de los huesos quebrándose se unió al aullido de los engranajes, un canto de muerte tan súbito y tan violento que heló la sangre de la muchacha.

Cuando el molino se detuvo, el silencio se apoderó de la habitación. La joven, paralizada por el horror, vio cómo las muelas, manchadas de una suciedad oscura y pegajosa, escupían un fino polvo. No era del color del grano. Era de un rosado pálido, casi nacarado. El aire, que antes olía a moho y a tierra, ahora destilaba un aroma familiar, dulce y metálico, que sólo había percibido en la carnicería del pueblo.

Pese a su estómago revuelto y el temblor que sacudía sus piernas, se puso a recoger el polvo rosado que había vomitado el molino. No era harina de trigo, lo sabía bien, pero el vacío de su estómago la estaba atormentando. Sus tripas rugían, el hambre era más fuerte que el terror que la embargaba. Cada palada encogía su corazón y le rogaba detenerse, sin embargo, sus manos no obedecieron. Llenó un pequeño saco con el polvo y se dirigió al horno de piedra. Ahí consiguió hornear una hogaza, ¡y vaya que fue suculenta! Tenía una hermosa corteza dorada y crujiente, el interior era tan blanco y esponjoso como la nieve recién caída. El aroma que antes la hacía palidecer, se había transformado en una rica fragancia que estimulaba el apetito. Al probarlo, sus ojos se abrieron de asombro y deleite. Nunca había comido algo tan delicioso, tan sustancioso. Por primera vez en años se sintió realmente satisfecha, el calor del pan le llenaba el cuerpo y el alma, haciéndole olvidar por un instante quién era y lo que había sucedido.

En cuanto los primeros rayos del sol acariciaron los contornos del valle, la muchacha escuchó un suave traqueteo. El molino, que yacía en silencio desde la noche anterior, había vuelto a la vida. Las muelas giraban lentamente, emitiendo un murmullo mecánico, aunque no soplaba ni la menor brisa. Ya no necesitaba del viento para funcionar; todo lo que deseaba era ser alimentado. 

Con macabra determinación, la joven reunió los restos de la anciana que no habían sido destrozados y los arrojó a la boca de la bestia de madera. El molino rugió suavemente, agradecido.

*   *   *

Con una canasta llena de las hogazas de pan más blancas que había visto, se dirigió al mercado. Todas se vendieron en un abrir y cerrar de ojos. Los aldeanos se amontonaban a su alrededor para probarlas y sus rostros se iluminaban al dar el primer mordisco.

—¡Es exquisito! ¡Nunca habíamos probado un pan tan tierno! 

El oro que le pagaba la gente no significaba nada. Era el brillo satisfecho de sus ojos lo que realmente le brindaba satisfacción. Nunca le preguntaron por la anciana, nadie la echaba de menos. Ahora la muchacha era la única dueña del molino. La gente se hartó pronto del queso y la leche, despreció la carne y los raquíticos hongos del bosque, su único deseo era comer pan. Pero al día siguiente, cuando la joven llegó al mercado con la canasta vacía, la multitud la recibió con lenguas rabiosas y ojos encendidos. 

—¡Pan, queremos pan! —gritaban. 

El miedo le oprimió el corazón.

—No hay más grano —confesó ella con voz temblorosa—. He molido todo el trigo que me quedaba.

Un hombre corpulento, con la barba sucia y la mirada de una bestia famélica, se abrió paso entre el gentío y la tomó del brazo. 

—¡Entonces ve por más! —le rugió—. No nos importa de dónde venga, ¡necesitamos pan! 

Obligada por el miedo y las terribles exigencias del pueblo, la muchacha esperó el paso de los viajeros. El primero fue un viejo mendigo de cabello enmarañado. Le ofreció un plato de sopa caliente y dormir a su lado junto al fuego. El anciano se durmió agradecido, sin saber que su sueño sería el último. La campesina lo arrastró hasta el molino y, con lágrimas en los ojos, lo empujó hacia los engranajes. La máquina rugió hambrienta y las muelas cantaron una canción sombría.

Después del mendigo, vino un mercader solitario; luego, una pareja de novios que buscaba refugio de la tormenta. Uno por uno, la joven los atrajo con falsas promesas de hospitalidad y la casa de la bruja se convirtió en una trampa para inocentes. Cada vez que el molino recibía su alimento, la harina que producía era más fina y rosada, y el pan salía mucho más dulce para deleite de los aldeanos.

La culpa atormentaba el corazón de la molinera. A veces, al cerrar los ojos, veía los rostros de los viajeros asesinados. Pero el miedo a la turba, al hambre, a la ira de un pueblo que se había transformado en un dragón de múltiples cabezas, era más poderoso. Era ese miedo lo único que la mantenía con vida, lo único que la obligaba a seguir alimentando a la bestia de madera. 

Una noche de luna pálida, llegó un viajero joven y muy apuesto. Su rostro era amable y su risa tan pura como el agua de un arroyo cristalino. Por un instante, la muchacha dudó, sintiendo una opresión en el pecho… pero el recuerdo glorioso del pan y los gritos de los aldeanos la empujaron a cumplir su terrible tarea. El viajero dormía plácidamente, soñando quizás con el hogar que le esperaba.

Mientras ella lo arrastraba hacia el molino, sus pies resbalaron en un rastro de sangre medio seca. Su cuerpo se balanceó y, con un grito de pavor, cayó como lo había hecho la anciana. Los engranajes la devoraron, sus dientes de metal no distinguían entre la carne de un desconocido y la de su proveedora. La máquina, que había consumido su alma lentamente, devoró su cuerpo en un santiamén.

El molino rugió por última vez y se detuvo. Cuando la molienda final se depositó en los sacos, la harina que salió no era rosa, sino de un blanco tan inmaculado que refulgía en la oscuridad. El pueblo la encontró por la mañana, cuando el muchacho ya se había marchado. Era la harina más pura, más fina y más hermosa que jamás habían visto. La molinera no estaba, pero a nadie le importó. El pan que hicieron con ella resultó el más sabroso de todos, y la gente lo devoró con la alegría de los inocentes.

*   *   *

Hambriento y saciado, el molino dejó de girar en el silencio de la noche. Una vez más se había quedado vacío. Pero los aldeanos, ignorantes de todo, no le prestaron atención. Estaban demasiado ocupados cenando; el pan de esa jornada era el más blando y delicioso que habían comido en la vida. Con los estómagos llenos y el corazón alegre, bailaron, cantaron y se olvidaron del hambre que los hacía actuar como bestias. Niños de mejillas sonrosadas y manos regordetas jugaban en las calles. Sus rostros se habían redondeado con la abundancia y su risa era tan dulce como los panes que les horneaban sus madres. 

El molino, sin grano ni sangre, permaneció inmóvil, sus muelas aún estaban manchadas de esa harina tan blanca que brillaba bajo la luna. Se quedó esperando, con las entrañas vacías, el próximo soplo de viento, el siguiente cuerpo que lo alimentaría. Tarde o temprano, el hambre y la avaricia volverían a acuciar al pueblo y el ciclo de la muerte se pondría en marcha, igual que los engranajes de su corazón mecánico, que giran y muelen y devoran sin fin…

Eve Valdane ©