El Televisor

—Silencio, chicos —la voz de la profesora se elevó por encima de los murmullos agitados de la clase secundaria—, todos a sus lugares. Hoy retomaremos nuestras lecciones sobre la Segunda Guerra Mundial. He traído una película que nos ayudará a comprender mejor el contexto social y político de la época. Espero que pongan mucha atención.

Los adolescentes emitieron exclamaciones de aprobación y sorpresa. Siempre era preferible mirar una película en clase, que conformarse con sus aburridos libros de texto.

Uno de los conserjes entró al aula transportando una televisión sobre una mesa con ruedas y un reproductor de DVD, que enseguida se apresuró a conectar.

La maestra le dio las gracias. Los chicos bajaron las persianas para oscurecer el salón y se acomodamos en sus asientos, muy atentos a la pantalla. 

Durante la primera hora transcurrió todo la mar de bien. Nadie hacía el menor ruido. El argumento de la cinta era trepidante. Faltaba poco para que la historia llegase a su final y a esas alturas, varios de los presentes contemplaban el televisor con lágrimas en los ojos o un nudo en la garganta. 

Entonces ocurrió.

Una pequeña señal de interferencia apareció en la pantalla, cortando la imagen y el sonido por escasos segundos. Al principio nadie le dio importancia. Pero al cabo de unos cuantos minutos, aquel inconveniente fue aumentando de manera progresiva, hasta que se hizo imposible seguir mirando, pues una capa gris cubría al menos la mitad del televisor y los diálogos se escuchaban entrecortados.

Todos se quejaron.

—Profesora, ¿qué pasa? Algo está mal con el reproductor.

—¡Queremos terminar de ver la película!

—¿Por qué la pantalla se ve así?

La maestra intentó calmar a sus pupilos y tomó el control remoto del aparato.

—Cálmense, todos, ¡silencio! Enseguida lo arreglamos.

Intentó apretar un botón y luego otro, esforzándose en vano por devolver la película a su curso normal. Mas nada funcionó. 

Los adolescentes volvieron a protestar.

—¡Basta! Escuchen, voy a pausar la película un momento, y luego apagaré el televisor y lo volveré a encender. Eso debería solucionar el problema. No quiero escuchar más quejas.

Justo cuando estaba por apagar la televisión, sucedió algo más extraño. Había un ruido distinto que se hacía notar entre los diálogos fragmentados de los personajes, parecía una vocecita muy tenue, aguda y entrecortada. Bastaba prestar un poco de atención para distinguir que estaba ahí.

Era la voz de un niño. 

Surgía de manera intermitente desde las profundidades del televisor. Sus gemidos se confundían con el sonido de la película.

Los chicos empezaron a mirarse los unos a los otros, perplejos y confundidos. Algunos reían por lo bajo y bromeaban sobre fantasmas.

La profesora trató de pausar la película, sin embargo el control no le respondió. Luego le dio un par de golpecitos al televisor, ofuscada.

Ni siquiera ella podía creer lo que estaba sucediendo.

—¡¿Pero qué le pasa a este aparato del demonio?! —exclamó, nerviosa.

A esas alturas, todos estaban asustados, pues los sollozos del niño habían aumentado en volumen y claridad. Los chicos bromistas habían dejado de reír. En la parte de atrás, un par de chicas gimoteaban y temblaban de miedo, con los ojos fijos en la pantalla.

La maestra optó desconectar por aparato, cuando una imagen nueva surgió en la pantalla, enviando un escalofrío por su cuerpo.

La nieve grisácea del televisor desapareció por completo, mostrando el rostro agonizante de un niñito. Una grotesca mueca de llanto deformaba su pequeña boca. Lágrimas oscuras descendían como torrentes desde las cuencas vacías de sus ojos. 

Fue tan solo un segundo, que quedaría a fuego en la memoria de todos los presentes.

De repente, el televisor se apagó por completo, desvaneciendo aquella visión terrorífica. 

Un silencio sepulcral invadió el salón.

Las manos de la profesora temblaban al acercarse al televisor y oprimir el botón para encenderlo. No lo hizo. El aparato había dejado de funcionar.

Un ola de alivio la inundó de inmediato; habría dado cualquier cosa por no volver a mirar aquel rostro. No fue necesario mirar a sus alumnos, para saber que todos se sentían como ella.

En la parte trasera del aula, había un lienzo de gran tamaño que contenía el periódico mural de los chicos. Acababan de colgarlo en la pared. El lienzo se descolgó y cayó al suelo con gran estrépito, sobresaltándolos a todos. 

Varias chicas gritaron. La profesora intentó que conservaran la calma.

—Tranquilos todos, tranquilos —dijo—, ya pasó. Dios mío, no sé que es lo que acaba de ocurrir aquí, pero voy a llamar a alguien para que se lleve el televisor y seguiremos con la clase como siempre.

*    *    *

Al día siguiente, la maestra no dejó de comentar el suceso con una de sus colegas de trabajo, una vieja profesora que llevaba enseñando en aquel plantel muchos más años que ella. La mujer la escuchó con atención y se mostró muy sorprendida al saber lo que la joven y sus estudiantes habían visto.

—¿Y qué ocurrió con el televisor? —le preguntó con suspicacia.

—Creo que no ha vuelto a funcionar —le respondió—. Es una lástima, porque estaba en perfectas condiciones.

La anciana maestra se quedó en silencio y removió lentamente su taza de café.

—¿Sabes, querida? Hace mucho tiempo que estoy en este colegio y he escuchado toda clase de historias. ¿Sabías que antes de ser una escuela mixta, este edificio era un orfanato para varones?

—No, no lo sabía.

—Así fue. Era un mal sitio, solo Dios sabe la clase de cosas que ocurrieron entre estas paredes.

La joven profesora sintió un escalofrío. A su mente acudieron la imagen del niño sangrante y los ecos de su llanto fantasmal. 

Tuvo un mal presentimiento.

—¿Qué clase de cosas? —musitó, temblando.

—¿Cómo podría saberlo? —contestó su compañera— Hay cosas del pasado que no es conveniente no desenterrar. A veces la verdad es mucho más espantosa de lo que imaginamos. Créeme querida, estás mejor sin saberlo.

Eve Valdane ©